Magia. Ciencia extrema. Viajes temporales. Saltos dimensionales. Leyes de la física maleables. Mundos paralelos a los mundos paralelos. Entidades cósmicas y más allá.
Todo tiene un precio. O unas consecuencias.
Así que a veces, la realidad se resiente. Pasan... cosas. Para el común, e incluso el más poderoso, de los mortales tal vez, sea nada más un día raro y no sepa la causa, pero en algún momento, en alguna parte, se está desarrollando una batalla por el mismo tejido de todo aquello que conocemos.
Hay alguien intentando sanar heridas, luchando al límite de todo porque la derrota significaría el fin de todo. No de todo tal y como lo conocemos. De TODO.
La pregunta era aquella de quién vigila a quien vigila. Quién nos defiende de quienes dicen defendernos, cuando en un momento se puede borrar un edificio entero de un mal estornudo.
Están ellos, claro, los grandes, surcando el cielo con sus capas, inclinados sobre gárgolas, acechando males posibles. Vigilan nuestros días, protegen nuestros sueños, pero... ¿Y si todo fallase?¿Y si desapareciesen?¿Y si no estuviesen cuando más los necesitamos?¿Y si, simplemente, quisiéramos ser un poco ellos, o incluso seamos ya un poco ellos?
Tal vez por eso me metí en esto. Volar. Luchar contra los malos. Regresar a casa sabiendo que el mundo sigue seguro. Y sabiendo que somos solo personas, que nacimos en barrios pobres y nos esforzamos en salir adelante. Que solo queremos ayudar a los grandes, o estar ahí cuando ellos no están. Suplir con tecnología nuestras deficiencias, con nuestras armaduras, con nuestros implantes. Renunciar a parte de nuestra carne es un orgullo. Solo los más listos, solo los mejores lo consiguen. Y no todos aguantan. Es duro enfrentarse a un antiguo compañero. Pero hay que hacerlo. Tambien es duro entrenarse para luchar contra los grandes, contra la gente que admiras. Nos dicen que es por si acaso. Por si acaso la humanidad se quedara sola, somos su última línea de defensa.
(A muchos metros bajo tierra, con mil cables conectados, lo que fue un hombre sueña, lejos de allí, ya en la superficie, un cuerpo metálico mira al cielo, por si cruzara uno de los grandes)
No, no fumo. Ni llevo gabardina, ni mucho menos uso batamantas que me hagan poderoso. Y ni me menciones las varitas. A grandes rasgos, soy como tú. Únicamente sé algunas cosas que tú no sabes, como tú seguro que sabes muchas cosas que yo no sé. Veamos... ¿Has oído hablar del multiverso, de la teoría de cuerdas y todo eso? Ya, yo tampoco lo entiendo muy bien, pero bueno... Te puedo decir que esa es la explicación fácil, la asequible para una mente humana más o menos normal. No es que yo sea mejor o más listo que nadie, como ya te he dicho, sé de algunas cosas. Por ejemplo, que hay más dimensiones de las que se suponen, y muchas más fuerzas de las que se conocen. Vivimos en un mundo en que alguien, un día, puede empezar a mover objetos con la mente a causa de la genética y no tenemos claro cómo ni por qué. ¿Cuántas cosas más desconoceremos?¿Cuántas capas le quedan a la realidad? Muchas, muchísimas, te lo puedo asegurar. ¿Qué por qué estoy tan seguro? Porque lo he visto. Porque he estado allí. La buena noticia es que esto no es todo, que hay algo más. La mala es que te puedo nombrar trescientas setenta y cuatro criaturas que no dudarían en desayunarse tu alma inmortal. Y eso sería lo mejor que podría pasarle.
Por las noches, en calles que ni sabes que existen, en el reino del duermevela donde se auguran las pesadillas, hay batallas. Batallas cruentas por nuestra realidad. Claro, no se sabe, no se conoce. Pero es mejor, creo, pensar que el monstruo que te acecha en tus pesadillas desaparece cuando abres los ojos. Es mejor que libremos esta guerra en secreto, que el mundo siga creyéndose a salvo con héroes que los protegen de amenazas materiales. De acuerdo, a veces trabajamos con ellos. Nunca vienen mal los superaliados. Sí, trabajamos. Somos muchos. Bueno, más bien varios. Y variados. Hay quienes estudian manuales polvorientos y quienes sacan el poder, o como quieran llamarlo, de una manera innata. Hay quien invoca espíritus ancestrales y quien usa viejas fórmulas. Incluso hay quien ruega a antiguos dioses o quien dice trenzar la realidad con lenguas olvidadas, qué sé yo. No, no fácil que nos reconozcas. Hay mucha farsa, es verdd, demasiada. Nos gusta, como te he dicho, la discrección. Aquello de que la buena noticia es la falta de noticias. No sabrás quienes somos a menos que queramos que lo sepas.
Por supuesto que no somos héroes, habrás leído que el poder corrompe. Y a veces alguien tiene más poder del que puede manejar, o quiere manejar más poder del que tiene. Y estamos hablando de más poder del que puedas imaginar.
Pero siempre habrá alguien de los míos para intentar detenerlos.
Los gobiernos van y vienen. Las leyes van y vienen. Las ideas nacen y mueren. Todo es humano y todo lo humano perece. Todo lo humano es voluble, corruptible, desechable.
Las fronteras cambian, las banderas cambian, todo lo humano cambia.
Así que un loco que soñó un reinado de mil años de terror pensó que algo debería defenderlo esos mil años.
Y recurrió a la tecnología.
Fue derrotado, por suerte, pero esa tecnología fue confiscada y usada luego por todos los bandos vencedores, tal vez sin tanta suerte. Primero fueron los grandes países, luego alguno más pequeño. Ahora hay estados que tienen de sobra, y, como siempre, estados que carecen de ellos.
Son, claro está absolutamente leales, están programados para ello. Aunque son reprogramales, y algunos, hasta de apariencia reconfigurable, y siempre actualizables.
Únicamente responden ante un máximo líder, que tiene el poder absoluto sobre ellos. Llámese presidente, primer ministro, general, comandante... lo que sea.
Él los activa y desactiva cuándo son necesarios.
El mundo no sabe qué son, creen que son mercenarios, otros, patriotas, otros que están amenazados.
Lo que no sabe nadie, o casi nadie, es que debajo de esa piel no hay nada más que circuitos y cables.
Si le preguntas a cualquiera de ellos, te dirá que al principio de todo estaba él, a lo sumo, algún antecesor o pariente cercano, que de buenas a primeras, y sin razón aparente, empezó a crear cosas. Pero no es cierto. Nadie, ni siquiera el más sabio de ellos, tiene demasiada idea acerca de que había antes... Y mucho menos el vulgar humano.
Lo que sí que saben, o al menos recuerdan los más viejos del lugar, es que los humanos tenían miedo. Aquellas bolas de pelo que acababan de obtener el pulgar prénsil y perder la cola empezaban a hacerse preguntas que el instinto no sabía responder, a necesitar pequeñas, o inmensas, ayudas en la ardua tarea de sobrevivir sin tener un cuerpo especialmente adaptado para casi nada. Conseguir refugio, una buena caza, sobrevivir un día más. Y allí estaban ellos, para ayudarles. No saben cómo nacieron, tal vez eran ya parte del planeta, tal vez, anomalías, tal vez exiliados de otros mundos, tal vez los crearon los mismos anhelos de aquellos primates. Pero allí estaban. Como podían, les acercaban una pieza, o les llevaban un olor. De alguna manera, aquello los hacía más fuertes. Así, podían acercar piezas mayores, o provocar pequeños incendios que regalaban el valioso fuego, favorecer el crecimiento de buenos frutos o plagar el suelo de señales hacia una cercana cueva. A su vez, aquellos homínidos empezaron a frecuentar lugares favorables, a ponerles nombre, a hacerles pequeños regalos a cambio. Y aquellos seres, invisibles a los humanos, fueron creciendo, y en torno a ellos surgieron ciudades que sólo ellos podían ver, y reinos, y mundos que crecían y crecían a medida que los hombres creían y creaban, que poblaban con su imaginación aquellos lugares donde vivían sus benefactores, y con otros seres iguales, que poco a poco habían obtenido esencia al especializarse en cierto tipo de favores, y todos, seguros en sus planos invisibles, acumulaban poder y más poder, y se formaron familias, y clanes, y algunos caminaron por la tierra y se emparentaron con humanos, cuyos hijos no hacían si no hacer crecer su leyenda. Cada uno, a su manera, encontró la manera de comunicarse con sus fieles, de concederles deseos, incluso hubo quién se autoproclamó legislador o dueño y señor de su parte de la humanidad.
Mientras, la humanidad se desperdigaba, poco a poco, por el mundo, y en cada sitio iban, poco a poco, surgiendo los nuevos dioses.
Pero un día, un humano descubrió que él solo podía hacer fuego, que no necesitaba pedírselo a nadie, que no necesitaba largas guardias para mantenerlo, que, para eso, ya no necesitaría a nadie.
Y los dioses comprendieron que un día ya nadie los necesitaría. O casi nadie, porque había preguntas eternas, miedos eternos.
Y estalló la guerra en los cielos. Por algunos puñados de creyentes, los dioses pelearon entre ellos, entre reinos, en cruentas guerras civiles. Hubo guerra en sus mundos y hubo guerra en este mundo, miles de humanos masacrados por que aquél que los hacía especiales prevaleciera. Reinos humanos y divinos cayeron y se levantaron en una vorágine de sangre y muerte. Pero nunca un dios llegó a morir del todo, siempre alguien, algún anciano, lo recordaba, y transmitía el secreto a sus hijos y a sus nietos, y éstos, aun invadidos, recordaban.
Dioses nacieron a la eternidad y dioses se hundieron en el olvido mientras el ser humano, un poquito cada día, los iba necesitando menos, y menos.
Y los dioses supieron que si seguían batallando, al final nadie prevalecería, por que no quedaría nadie que los necesitara. Fueron entonces tiempos de conferencias y parlamentos, aunque también de traiciones y escaramuzas en las fronteras.
Entre todos, o entre todos los que se conocían, pues allá donde hubiera humanidad habría dioses, algunos tan lejanos que se tardarían siglos en encontrar, tomaron una decisión drástica. Su alimento, su esencia misma, era la fe de las personas. Pero cada vez había más personas y menos fe, y más hartazgo de batallas y matanzas, pues, aunque los dioses nunca morían del todo, los humanos sí, o al menos, una gran parte de ellos. Si alguna parte sobrevivía, ni los mismos dioses lo sabían y cada cuál inventaba una respuesta que se adecuara al espíritu de sus seguidores. Así que, simplemente, decidieron administrar la fe en lugar de a los humanos. Se retirarían a sus hogares, no batallarían, y vivirían un lento ocaso que tal vez durase eones, seguros que más que la humanidad misma, o tal vez se extinguirían con ella. Decidieron unirse y presentarse a los humanos como un único ser con mil caras, como un dios único que fuera, a la vez, todos los dioses.
Pero tuvieron que ponerle cara. Entre ellos había uno, en tiempos tan iracundo que su reino sufrió una cruenta rebelión, el único que había perdido un hijo entre los humanos, un hijo que había enviado y que, enamorado de la especie, había preferido sacrificarse si con eso los dioses dejaban en paz a los habitantes de la tierra. Ahora, el padre se había vuelto taciturno, consciente de aquel sacrificio, y consciente de que lo que había predicado su hijo lo habría hecho su digno sustituto... si hubiera vivido. Y él fue el elegido. Poco a poco, debate a debate, modificando las palabras, los ritos, tomándolos como propios, inventando nombres nuevos, se estableció una sutil red. Qué importaba si alguien, estremecido ante el trueno, se encomendara a uno u otro nombre, en lo más profundo, sabía a quién hacerlo. Qué importaba que tal rito celebrase el nacimiento de un dios, o de un hombre, o tal festividad a uno u otro el recuerdo de los muertos, fe era, al fin y al cabo, y tan preciada por todos que ya no cabian disputas por esas migajas. Se descubrieron nuevos dioses en nuevas tierras, y hubo nuevas guerras, pero poco a poco, la gran confederación de dioses que era el dios único fue asimilando a la mayoría, respetando a aquellos que no quisieron, y aunque hubo guerras entre los hombres en nombre de los dioses, poco, o nada tuvieron que ver éstos con aquellas.
Y así pasaron los siglos, hasta que un día, la humanidad completa volvió a sentir miedo. Un miedo ancestral, que llamaba a sus instintos como especie. La humanidad, en lento camino, había adquirido el poder terrible de extinguirse a sí misma. Y necesito algo, algo a lo que aferrarse, no como seres humanos, algo a lo que aferrarse como humanidad.
Entonces, los dioses, que habían vegetado en sus reinos de más allá de ese plano, volvieron a mirar a los humanos, y algunos volvieron a caminar entre ellos. Algunos, para intentar ayudarlos, o simplemente hacerlos sentir acompañados, pero otros, cargados de viejos rencores, todavía con esperanzas podridas y recuerdos de glorias pasadas, regresaron a los humanos con afán de guerra y conquista.
Qué jodido el tipo éste, que me ha robado la idea con carácter retroactivo.
Han estado entre nosotros desde que empezó la humanidad misma. De hecho, esta versión del ser humano no es más que una mutación que prosperó. Se les ha llamado brujos, poseídos, se les ha perseguido desde siempre, pero siempre han estado aquí, entre nosotros, con nosotros.
Pero hijos del átomo, de la contaminación, de la comida basura, o simplemente, primeros especímenes del siguiente paso en la evolución humana, desde mediados del siglo XX su número parece aumentar exponencialmente.
Siempre, o casi siempre para ser más precisos, sus nuevas capacidades se manifiestan en la adolescencia. Y, como adolescentes, están perdidos. Algunos se esconden en sus casas, temerosos de que el mundo los descubra, de usar inadecuadamente unos poderes que no eligieron y que probablemente nunca controlarán.
Otros, discretamente, se valen de esos mismos poderes para hacerse la vida un poco más fácil.
Algunos de ellos los usan abiertamente para su beneficio personal y unos cuantos para intentar ayudar a los demás. Algunos creen que sólo ellos prevalecerán, y se esfuerzan en demostrarlo, y otros que el planeta es suficientemente grande para todos.
Luego está la gente normal, la humanidad de toda la vida. Y también hay de todo. Quiénes no ven con muy buenos ojos que su vecino les pueda leer el pensamiento o moverles el coche únicamente con desearlo, quienes se sienten amenazados por esa gente rara que viene a quitarles el puesto de reyes de la creación, quiénes ya odiaban antes a los diferentes y no les cuesta nada añadir un grupo más, quiénes simplemente desconfian de lo nuevo, quiénes los consideran contagiosos apestados, quiénes sólo ven un nuevo y selecto grupo de ratones de laboratorio o una manera de hacer dinero rápido y seguro.
Claro que también hay quién los entiende, o eso dice, quién los apoya y cree que en la diferencia está la riqueza, quién se acerca a ellos por altruismo hacia esa gente perdida en un mundo que no está hecho para ellos o por pura envidia de unos poderes que en secreto desean, quiénes consideran que trabajando en armonía el futuro puede ser brillante y quiénes quieren tener amigos superpoderosos por si acaso. Quiénes sienten lástima y quiénes no dejan de ser amigos de sus amigos, aunque ahora vuelen.
Aunque claro, cómo mejor se apoyan es entre ellos mismos. Al fin y al cabo, es difícil de explicar qué se siente, cuándo, de repente, puedes calentarte la pizza con el pensamiento. Por eso se juntan. Para hablar de sus cosas, para defenderse de quienes los odián o para atacarlos. Pero, sobre todo, para no sentirse bichos raros.
Porque ser un súper mola, pero mola si eres un dios y eres capaz de reventar el planeta con un gesto, o te puedes permitir una súper armadura, o vienes de otro planeta o algo así... Pero encontrarte con poderes así, de la noche a la mañana, cuándo ayer eras únicamente otro saco de dudas y granos que arrastraba la mochila por el instituto, pues cómo que no. Porque si apenas sabes explicar por qué te levantas con una voz diferente cada mañana, menos vas a saber la cantidad de frío a aplicar para no congelar el refresco del botellón.
Porque luego creces y todo el mundo supone que se te han ido las dudas de por qué tú tuviste que nacer así, de entre miles de millones de personas.
Pero no y lo sabes, aunque disimules, aunque esos miles de personas no se den cuenta.
¿Y qué opina el gobierno de todo ésto?
Pues... depende del gobierno. En ciertos países, ser mutante es tan delito como ser homosexual, y tienen la misma condena. Afortunadamente, son los menos. En otros, hay agencias oficiales, públicas que atienden la problemática y secretas que se encargan del problema. En la mayoría, no saben muy bien que hacer, ya bastante tienen con todo lo demás. Algunos ven una oportunidad, y los animan a trabajar con ellos, o para ellos y se esfuerzan en ingeniar maneras de que sean, de alguna manera, útiles a la sociedad. Algunos ven un problema y dejan que sean los mismos mutantes los que se las arreglen sólos, siempre que no molesten. Algunos los animan a formar parte de los cuerpos de seguridad y otros han formado un cuerpo de seguridad para defenderse de ellos. Algunos gobiernos tienen mutantes entre sus componentes y otros... también, pero no lo saben.
Y ahí andan, bichos raros buscando un lugar en el mundo, sin saber muy bien qué hacer con su vida, como el resto de mortales, con la ventaja, o desventaja, de que pueden, o podrían, remoledar todo el mundo conocido con tal vez demasiada facilidad.